Autor: Emiliano Mastache Ramírez
Nacido: 1976
Ciudad de México, México
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Azira

Por Emiliano Mastache Ramírez

Un día densamente nublado, me encontraba ..., con una pequeña gabardina y caminando por la nieve, me acompañaba un cuervo negro, negro, que me hablaba con su mirada; los pies me pesaban, pues a cada paso mis pies levantaban el universo con todas sus estrellitas, penas y sonrisitas; llevaba yo una mochila en mi cansada espalda, que pesaba tanto que parecía que la misma muerte iba colgada de ella...
Caminé durante días, después de que me bajaron de aquel tren, dormía en los bosques y aunque con un poco de frío la Luna solía arrullarme y la noche me cubría con su más cálido manto; comía una fruta de aquí y otra de allá, algo de pan, y contadas fueron las veces que disfrutaba de algunos sorbos de vino dulce. Así viví, comí y caminé hasta divisar una casita que se hallaba al borde de las vías del tren, a paso cansado, boca reseca, sudor en la frente, me acerqué y llamé a la puerta con varios sólidos golpes; era una puerta situada exactamente en el centro de la casita, era de una madera vieja, cansada y algo roída. Una voz dulce y acariciante preguntó quien llamaba a la puerta, yo contesté, abrió y me hizo pasar, me regaló un plato con pescado frito, salado y un tarro de cerveza levemente amarga; después de haberme saciado, encendí un cigarrillo de un tabaco que no existe por aquellos lares; yo me acababa y degustaba el cigarrillo, mientras ella había comenzado ya, un interrogatorio insaciable, a este yo contestaba: -Soy el hombre de Negro, mi pais es la noche, mis antepasados son las estrellas . . . así, yo provocaba aún más sus incansables preguntas hasta que acabé contestando a todo que sí, o guardando absoluto silencio.

Llegó la noche, ella me aguardó, me observó, _sugirió con la mirada, como si esperase que yo me retirara de su casa, y aunque ella no dijo nada, yo le expliqué que no conocía el lugar y le propuse que me alojara en su casa, sólo por esa noche, y a cambio yo le ofrecí algunas monedas de oro, de las pocas que me quedaban.


Atardecía ya cuando una damita llamó a mi puerta, el Sol doraba los muros, yo tenía algunas gotas de sudor en la frente y en el resto de la cara; el ama de llaves entró con una jarra de vino frío en las manos, colocó la jarra en una mesita, se acercó y me removió un poco, diciéndome:

-Señor , levántese ya, lleva usted 6 días durmiendo-,

yo no creía lo que ella me estaba diciendo y entonces vino a mi mente el recuerdo de aquella mujer llamada: Azira, de aquella casita, había sido un largo sueño todo lo había soñado, pues me encontraba en mi cama, en mi cuarto, en mi casa, en mi ciudad, en mi país, en mi mundo, en mi universo . . . . Enseguida pregunté por el hombre de Azul, a lo que me fue contestado:

-Salió a visitar a su familia-,

mientras Azul se hallaba en las nubes, yo meditaba y daba vueltas a mi sueño, a aquella mujer: Azira! . . . . Pasaron los días mientras yo caminaba por los jardines cercanos y soñaba a ojos abiertos en mi sueño.


Al poco tiempo regresó Azul, le conté mi sueño en cuanto pude, él me dijo que sonaba muy real y que no era tan descabellado, ya que la descripción que le dí de aquel lugar, se asemejaba bastante a uno de los países vecinos.

Un día de aquellos, Krosni, el ama de llaves, nos interrumpió a Azul y a mí, refiriéndose a la mujer que se encontraba en el vestíbulo preguntando por mí, Negro; decía no tener nombre, sin embargo, yo no estaba para visitas de ningún tipo, pero Krosni insistió, traía un costal lleno de cosas raras que no quiso enseñar a nadie, pretextando que me pertenecían. . . .

Sin haber acabado de comer, me levanté de la mesa, me dirigí a las escaleras y comencé a bajar muy lentamente, ya que mi pié izquierdo estaba inmóvil, por un fenómeno que luego explicaré; por fin llegué hasta el vestíbulo, y al mismo tiempo que empezaba a buscar a la mujer con la mirada, cruzaba uno de tantos arcos que dividían mi casa. . . .

Hacía días que esperaba éste momento, presiento quien es, aunque no lo sé; y si enfrente de mí están mis miedos? Tal vez no haya nadie, mas que un espejo lleno de luz, en donde no me puedo ver, porque no quepo, no estoy, porque no existo. . . . Y si no es ella, y si de repente se caen los muros y me abandonan a mi suerte, en medio de un campo verde y un frío sucio y canceroso, y peor aún, tal vez me quede solo aquí, lleno de miedo sin tener ni en quien ni en qué refugiarme! Sé que a mis años aunque no son muchos ni tampoco pocos, estas preguntas rondan por aquí, y me rondan en mi sueño, en mi pensar me rondan el aire, los pulmones, la sangre. . . . tengo tanto miedo de alzar la mirada y encontrar un vestíbulo vacío y cotidiano, con los mismos muebles de siempre: fríos tristes melancólicos, con un aroma a café y a mujer, aquella o esta o esa, que no sé si ha partido o sigue de pie riéndose de mí, por no haber adivinado ya, mi miedo a su partida. . . .

Comienzo a revisar el vestíbulo con un miedo indecible, lo sabía, se ha ido, no hay nadie, sólo hay un costal con una nota encima:

- Negro: olvidaste este costal en mi casita, junto a las vías del tren, lo traje pero no quise molestar, es por eso que sólo dejé el costal y me fui. . . .
Azira

Por un momento sentí que el invierno había regresado en pleno verano y había invadido mi casa, sin dejar un solo espacio vacío, comencé a sudar, parecía como si el mundo se hubiera paralizado y el invierno que invadía mi casa, tenía un leve olor a esa mujer, o tal vez era yo, mi imaginación, que no sabía qué estaba pasando; abrí los ojos y todo era igual, sin más ni más, estábamos en el vestíbulo, el costal y yo igual que al principio, con la curiosidad de un niño que se acerca a una vela encendida, me acerqué al costal, temiendo encontrar un cometa enfurecido por haber cruzado la realidad. . . lo abrí y eché un vistazo, estaba oscuro como un pozo sin fondo, metí la mano y sentí como una especie de tela líquida, un poco espesa y enmarañada, en sí: algo muy complejo; saqué la mano rodeada de una substancia sumamente pegajosa, parecía una máscara con dibujos perfectos, como si fueran fotos y lo peor era que yo tenía la impresión de haber visto éstas imágenes en algún otro lado, esta idea me atormentaba; comencé a sacar todas esas “mascadas” que parecían enjuagadas en mi miel y las extendí en las ventanas y en el atrio de mi casa.

Días después, Azul se pasaba las horas observando y estudiando las mascadas, estaba tan interesado en ellas ya que él mismo aparecía en las imágenes de éstas, y no una, sino cientos de veces pero yo estaba aún mucho más preocupado e impresionado, ya que también aparecía Azira, y aunque pocas veces, había un detalle que no entendía, y era que en todas las imágenes aparecía sonriendo, con aquella hermosa sonrisa con la que me recibió la primera vez que la ví; simplemente con estos hechos, se me fue el habla, ya que decidí encerrarme en mí mismo, para descubrir cómo es que había conocido a Azira, cómo es que había llegado hasta allá. . . Estas actitudes de ausencia exterior eran muy frecuentes en Azul y en mí, Krosni intentaba entendernos, pero nunca lo lograba, simplemente esos días no nos dirigía la palabra, ya que era inútil un cambio, nos atendía con una paz y un cariño, que sencillamente no caben en esta hoja.

. . .