Guadalupe
Loaeza / El Filántropo
Por
Guadalupe Loaeza
(13-Sep-2007).-
La primera vez que Max supo de México fue gracias al encabezado
de uno de los periódicos amarillistas y mal informado que voceaba
en la Delancey Street para ganarse algunos centavos: "Pancho Villa
matando gringos", gritaba por las calles. Entonces Max tenía
10 años, había nacido en Brooklyn, Nueva York el 15 de
enero de 1907, y era el último de la familia Shein Heisler de
origen polaco, cuyos padres habían huido hacia Estados Unidos
debido al antisemitismo que se vivía en Polonia. Desde entonces,
supo que la vida no era fácil y que había que trabajar
muy duro.
Para 1924, el padre de Max ya era un comerciante especializado en comprar
bienes vendibles para después revenderlos, fue así que
se hizo de un enorme saldo de peinetas y adornos para el cabello, porque
la moda del pelo corto los había vuelto obsoletos. Su mercancía
ya no valía nada; había que deshacerse de ella a como diera
lugar. "Se me ocurrió que debía haber algún
lugar donde la moda del pelo corto no hubiera llegado todavía,
y ese lugar era México. Me enteré de que, en efecto, en
México las mujeres seguían usando el pelo largo, y fue
mía la iniciativa de viajar a esa tierra desconocida para vender
peinetas y accesorios". Aunque Max nada más tenía
17 años y su decisión causara un verdadero escándalo
entre su familia, viajó hasta Monterrey. ¡Las norteñas
usaban el pelo largo! En muy poco tiempo las "niñas bien" y
las "niñas mal" comenzaron a usar las peinetas de Max;
pero sus novios no se quedaban atrás, muchos de ellos tenían
hasta tres peines "Pirámide" que importaba Max. Ya con
un cierto capital, llegó hasta la Ciudad de México. Finalmente
Max vendió todo el lote de peinetas y peines. Hizo otro pedido
a Estados Unidos. Rentó una oficina. Para vivir alquiló un
cuarto en las calles de Balderas. Ya nunca más dejaría
el país que se convertiría en su verdadera pasión.
Muchos años después, Max no se cansaría de decir
una y otra vez: "Quiero a México, quiero a los mexicanos,
y me comprometo a seguir trabajando para México y para la humanidad,
con todo mi empeño, el resto de mi vida".
Pasaron los años, hasta llegar a finales de los veinte, época
en que los derechos de importación de los productos de Max comenzaron
a ser prohibitivos por el impuesto tan alto. "La única manera
de salvar el negocio era fabricarlos yo mismo". Y así fue.
Diez años después Max tenía una fábrica.
Para 1930, empezó a fabricar muñecas. Las mamás
que usaban sus peinetas y los papás que se peinaban con sus peines
de marca "Pirámide" comenzaron a arrebatarse estas muñecas
de marca "Ideal" para sus hijas, especialmente las "típicas",
es decir: las chinas poblanas, las tehuanas, las charras, etcétera.
Pero sin duda las que más vendió Max, gracias a la concesión
que obtuviera en Nueva York, fueron las "Shirley Temple".
Justo en aquella época de 1930, aconteció un milagro, Max
conoció a una "muñeca" de carne y hueso de la
que se enamoró profundamente; era nada menos que la cuñada
del presidente en turno, Abelardo Rodríguez. Ese encuentro cambiaría
su vida por completo. Cuando conoció a María Amparo Viderique
Coya, una joven de 19 años, se quedó impresionado por su
belleza (él no cantaba mal las rancheras, le daba un aire a Tyrone
Power). Después de cortejarla durante algún tiempo, decidieron
casarse en el Castillo de Chapultepec el 25 de octubre de 1934. Tuvieron
dos hijas y un hijo: Rosa María, Ivonne y Fernando.
Después de las muñecas, que se vendían como pan
caliente, vinieron los alfileres de seguridad, los pasadores, juguetes
de lámina, las cantimploras (inspiradas en las que vendían
en Israel) y el famoso hula-hula; todos estos productos fabricados en
la Compañía Industrial de Plásticos, S.A.
Pero hablemos del Filántropo, de este hombre tan idealista y tan
humano quien iba todos los viernes a rezar al templo Bet-el y cuya generosísima
obra empezó allá por los cuarenta con la construcción
de la Escuela Secundaria "Albert Einstein" (actualmente hay
15 secundarias con este nombre). Max siempre apoyó a las escuelas
públicas, sabía que las particulares y las judías
no necesitaban de su ayuda. Pensaba en los niños pobres, se preocupaba
por su educación, por eso regaló una escuela rural en Tlaxcala,
por eso cuando vio por primera vez en Israel a los niños utilizando
la computadora, en 1995, adoptó como uno de sus proyectos favoritos
el equipamiento de Aulas de Medios en las escuelas primarias y secundarias,
y por eso, en septiembre de 1999, un grupo de empresarios motivados por
la generosidad de Max concluyeron que la educación era fundamental
para que este país avanzara y por ello decidieron construir una
asociación civil, sin fines de lucro, llamada Unete (la Unión
de Empresarios para la Tecnología en la Educación, AC).
Gracias a las peinetas, a los peines, al hula-hula, a las muñecas,
incluyendo a "Shirley Temple", pero sobre todo a la extraordinaria
visión de Max, Unete ha logrado hasta el 1o. de septiembre equipar
3 mil 821 escuelas, brindando apoyo directo a un millón 341 mil
11 alumnos de educación básica. Hay que decir que esto
se ha logrado también gracias a los empresarios, al gobierno federal,
a los gobiernos estatales, a las escuelas y a los padres de familia,
a la campaña de recaudación "Redondeo" que se
hace en los almacenes, así como a las donaciones privadas.
Que, ¿cómo supe de "Don Max" y de toda su obra
filantrópica? Fue gracias a la invitación de uno de los
homenajeados con la medalla Max Shein al Compromiso con la Educación,
que se entregó, justamente, el martes. Era la primera vez que
se le otorgaba a un gobernador por su apoyo a la educación y a
la capacitación continua a los maestros, así como a la
puesta en operación de Aulas Móviles. Allí estaba,
en la mesa del presídium del Club de Industriales, Fidel Herrera,
gobernador de Veracruz, con su medalla alrededor del cuello por los beneficios
que recibieron 35 mil niños veracruzanos de zonas urbanas e indígenas;
allí estaba Josefina Vázquez Mota, también con su
medalla una vez que pronunció un discurso espléndido el
cual fue aplaudido muy largamente; estaban Antonio Chedraui Obeso, Francisco
Alcalá León, patrono del Nacional Monte de Piedad; Luanne
Zurlo, directora del World Education Fund; Rubén Illoldi García-Cerda,
ejecutivo de Microsoft México; Carlos Canales Buendía,
presidente de Toshiba México, y Claudio X González, presidente
del Patronato, entre muchos más. Pero los que estaban más
felices y orgullosos de todos, eran Roberto Shapiro Shein, nieto de Max
y su hija Ivonne.
Max murió a los 93 años con una sonrisa en los labios el
29 de noviembre de 2000. Fue feliz porque adoró a su mujer, a
sus hijos, nietos, bisnietos, a México y porque era un hombre
que creía que había que ayudar a sus semejantes. He allí su
verdadera vocación.
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