Max Shein

Fundación de la Secundaria 15

Extractos de la obra
autobiográfica
del Sr. Max Shein (QEPD)

 

 

Max Shein

Con el proyecto de la Escuela Secundaria Pública núm. 15 Albert Einstein a mis espaldas

 

El primer edificio de la Escuela
Secundaria Albert Einstein en su etapa inicial de construcción.

 

Dos momentos de la inauguraci6n de la Escuela Secundaria Albert Einstein,
que recibi6 el presidente .Miguel Alemán.

 

Un recuerdo de Golda Meir.

 

 

Con motivo de la inauguración de la escuela secundaria que lleva su nombre, Albert Einstein me envió esta foto.

Mi obra filantrópica empezó en la década de los cuarenta con una escuela pública en la ciudad de México. La he ido ampliando y perfeccionando a lo largo de los años, que son 52 hasta ahora, y sé que continuará, porque mi familia cuidará de ella. Además de México, que es mi patria adoptiva, también he ayudado a Israel, que es mi otra patria.


De mis proyectos, el que más quiero es la Escuela Secundaria Pública núm. 15 Albert Einstein, por ser el primero y porque lo he visto crecer. Tiene su historia: en 1940, el presidente Ávila Camacho invitó a la iniciativa privada a ayudar en la educación del pueblo de México, y la comunidad judía fue de los primeros grupos en responder. El entonces jefe de la comunidad escogió un enorme terreno de unos 12 mil metros para construir una escuela secundaria. Era un visionario, pero no un hombre de negocios, y colocó en el enorme lote baldío un anuncio que decía: "En este sitio, la comunidad judía construirá una secundaria pública para la juventud mexicana." El proyecto costaba muchísimo dinero, y exhortó a la comunidad a reunir el capital, pero apenas logró reunir el 1% de los fondos necesarios.
Pasaron cuatro años y no sucedió nada. Me molesté y me quejé con el nuevo presidente de la comunidad, Arturo Wolfowitz; le dije que aquello era una vergüenza. Me respondió que si tanto me preocupaba, me encargara del proyecto personalmente y asumiera la presidencia del comité de construcción. Acepté, porque mi negocio iba muy bien, sin pensar que me tomaría tres años reunir apenas la mitad del dinero; y que acabaría abandonando mi trabajo y mi familia. Trabajé duro; no hacía tratos por teléfono sino que personalmente me entrevistaba con los miembros de la comunidad para pedirles donativos, y la respuesta no siempre era la esperada. Al cabo de un tiempo decidí donar la mitad que faltaba, pues me di cuenta que de otro modo el proyecto nunca se iba a concretar; además, me salía más caro recolectar el dinero que donarlo yo mismo, pues la inversión de tiempo era incosteable. De las personas que más colaboraron, quiero nombrar a León y Salomón Gerson (q.e.p.d.), quienes supervisaron la obra, y al arquitecto Kaspe (q.e.p.d.), que estuvo a cargo del proyecto.


Finalmente la escuela quedó concluida en 1948, en un terreno precioso de la Calzada México-Tacuba, frente al viejo Colegio Militar. Estaba destinada a niños mexicanos pobres de las áreas vecinas. Era como una hija más; vigilé toda su creación y trabajé en ella desde entonces para asistir a su funcionamiento. Quedé muy complacido cuando la vi terminada: era el fruto de muchos años de esfuerzo. El presidente Miguel Alemán presidió la inauguración, que fue muy emotiva. Ese día fui nombrado patrono de la escuela. Ese día, también, nació un lazo de amistad y respeto con el licenciado Alemán.


Desde entonces soy el único benefactor de escuela. La he ido ampliando: construí un edificio nuevo, doné computadoras y 13 talleres técnicos. Beneficia a dos mil estudiantes diariamente en dos turnos. Mi mayor recompensa es que mis alumnos cada año me festejan en ceremonias muy emotivas; son como mis hijos y me satisface ver que algunos desempeñan hoy importantes cargos públicos y privados. En la inauguración de un taller de cómputo en Tampico, recientemente, por casualidad me enteré que el gobernador Tomás Yarrington es exalumno de esta escuela, y por consiguiente mi ahijado.


En su discurso, el gobernador dijo ante miles de personas que estaba muy contento porque ahora ya tenía padrino.


Cuando conocí al director de Educación Secundaria del D.F., el profesor Jorge Hebert Espinosa, él también me dijo que era exalumno de la Escuela Albert Einstein; recordaba que, aproximadamente 40 años atrás, había recibido de manos de mi padre los instrumentos de la banda de guerra. Su comentario me dio muchísima risa; le respondí que no había sido mi padre, sino yo mismo. ¡Imagínense la sorpresa que se llevó mi buen amigo Jorge!


Ese proyecto fue el primer peldaño de mi obra filantrópica. Para entonces yo era próspero y conocía a muchos mexicanos importantes que me ayudaron a ayudar. Uno de ellos fue el señor Antonio Bermúdez, quien fue director de Petróleos Mexicanos durante los gobiernos de Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortínez, senador y exalcalde de Ciudad Juárez, mexicano notable y excelente amigo de Israel. Durante la guerra de independencia del estado de Israel, en 1948, estaba prohibido vender petróleo a los judíos; el Sr. Bermúdez, con la autorización del presidente Miguel Alemán, hizo posible la venta de un cargamento importante de este preciado producto al ejército israelí, cuando más lo necesitaba.


Desde 1950 soy miembro y benefactor del Hospital Shriners para Niños Lisiados, que es una institución masónica. Llegué a la masonería hace muchos años, a ravés de la filantropía. Los masones están contra la confesión, aunque en su mayoría son católicos y por eso los cristianos no los quieren. Yo los admiro mucho: son cultos, liberales, progresistas, antirracistas y su filosofía es ayudar al prójimo.