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Siempre me he preguntado la validez
de las historias contadas por los vencedores. Nuestra
guía nos contó una que no quisiera creer,
pero ahí va: cuando los Mexicas arribaron al
valle de México, se toparon con otras tribus
que ya se encontraban establecidas y que los rechazaron:
grupos conocidos en las crónicas históricas
como de habla náhuatl o "tribus nahuatlacas",
cuyo origen se dio en el mítico Aztlán-Chicomóztoc;
se trataba de xochimilcas, tlahuicas, tlaxcaltecas,
huexotzincas, tepanecas, alcohuas, y los matlazincas,
que hablaban otra lengua. Es este el contexto donde
se hicieron presentes los Mexicas, conocidos también
en los textos como aztecas o tenochcas, pueblo que
fundó a su ciudad capital, México-Tenochtitlan,
en el año 2 Casa (1325 d.C.) y que se confrontó inmediatamente
con sus vecinos, logrando alianzas y venciendo a sus
enemigos. Para mediados del siglo XV se puede hablar
del mundo mexica, por el predominio de este grupo en
gran parte de Mesoamérica, en donde impusieron
sus ideales religiosos, militares y políticos.
Pues bien, no les hicieron la guerra pero los mandaron
a una muerte segura, a un sitio inexpugnable para que
no se establecieran. En ese lugar había víboras,
arañas, alacranes, y toda clase de insectos y
de alimañas. Se olvidaron de ellos y al cabo de
un tiempo, se preguntaron qué seria de esos pobres
inmigrantes. Seguro habrían muerto por las alimañas
y los sobrevivientes se habrían marchado. Fueron
y cual sería su sorpresa que los Mexicas se habían
comido todos los insectos y todos los reptiles; habían
desarrollado tecnología para el cultivo y eran
prósperos y poderosos.
Al ver su fuerza decidieron pactar con ellos a lo cual
los Mexicas accedieron a cambio de que les fuera entregada
por adelantado, la hija del cacique para que contrajera
nupcias con su rey. La hija fue entregada a los Mexicas
y se fijó una fecha para la boda. Llegado el día
se dice que el padre de la doncella al frente de su pueblo,
fue hacia el sitio de los Mexicas para la ceremonia y
en cierto momento y a lo lejos, en lo alto de un templete,
vio a un sacerdote bailando frenéticamente probablemente
en trance producto de algún alucinógeno.
Al acercase se dio cuenta que el sacerdote portaba un
atavío muy extraño: era una piel volteada
al revés la cual tenía aún adherencias
de tejidos subcutáneos y grasa. Se acercó más
y se quedó helado al comprobar que era la piel
del cuerpo de … ¡su hija!
He aquí en le foto, al sacerdote. |